Este año celebramos el quincuagésimo aniversario de la Reforma Protestante Luterana, y es una linda oportunidad para clarificar la verdad sobre el desarrollo del Cristianismo, y aclarar sobre los conocimientos forzados que el Catolicismo ha venido introduciendo sutilmente a través de los años. Debemos comprender, que al estudiar el Cristianismo hay que observar diferentes períodos que aparecen en su desarrollo.  El historiador Earle Cairms divide la historia del Cristianismo en tres grandes secciones: 1. La iglesia Cristiana Antigua (-5-590 A.D.), 2. La Iglesia Cristiana Medieval ( 590-1517), y 3. La Iglesia Cristiana Moderna (1517 en adelante).

En los primeros cien años la Iglesia Cristiana tuvo la ventaja de contar con la presencia de los apóstoles. En este período no hubo una unidad completa, porque aunque los primeros que conformaron la Iglesia Cristiana todos eran judíos, este grupo se identificó como judíos-cristianos (es decir, judíos que habían aceptado a Jesús como el Mesías prometido, y se habían convertido al Cristianismo). Así, se diferenciaban de los judíos-judíos, que no aceptaban que Jesús era el Mesías. La revelación de Jesús a Saulo de Tarso (quien era judío-judío), en el camino a Damasco, transformó la vida de Saulo, convirtiéndolo en el apóstol Pablo, y le permitió comprender no solo los errores del judaísmo, sino también el nuevo modelo (o paradigma) que Dios desarrollaría con la Iglesia Cristiana. Para Pablo, este conocimiento especial fue una ventaja que él tenía sobre los demás apóstoles que aún vivían, e hizo que fuera él quien escribiría la mayor cantidad de epístolas (o cartas) donde aclaraba conceptos teológicos, y daba recomendaciones a las Iglesias.

Aunque Pedro fue un gran apóstol, no fue Pedro el principal dirigente, ni tampoco el primer Papa, como se ha venido enseñando. Aún no existía la Iglesia Católica, ni siquiera el término griego Katholicós (que significa universal) era usado en occidente solamente, pues las principales sedes del cristianismo (o patriarcados), estaban en oriente (Jerusalén, Antioquía de Siria, Alejandría en Egipto, y Bizancio, conocida después como Constantinopla). En Occidente solo había una sede en Roma, y no era por la gran cantidad de conversos al cristianismo (pues la mayor cantidad estaba en oriente), sino porque en Roma estaba la sede del Imperio Romano. Los patriarcas u obispos en ese tiempo se consideraban iguales en jerarquía, y el de Roma era uno entre iguales. Este detalle que supuestamente le daba relevancia a Roma por ser la sede del imperio, se fué al piso en el año 329 A.D. cuando Constantino el Grande logró convencer al Senado Romano, que autorizara cambiar la sede del imperio a la ciudad de Bizancio, la cual se llamó Constantinopla a partir del año 330 A.D. La sede del Imperio y del Senado Romano estarían ahora en Constantinopla y le correspondía al Patriarca de Constantinopla. (y no al Obispo de Roma) ser el primero entre iguales.

Pedro no fue el primer Papa, (no existía aún la Iglesia Católica). El cristianismo se había esparcido por el territorio del Imperio y aún fuera de sus fronteras. El término “Papa” (que significa padre) era una expresión de respeto que se utilizaba para todos los obispos (y no solamente para las sedes principales del Cristianismo). A los cristianos que vivían en Roma y territorios de Europa se les podría designar como Iglesia Cristiana Occidental, para diferenciarla de los cristianos que vivían en oriente y que se identificarían como Iglesia Cristiana Oriental.  Es interesante notar que el término katholicós (que significa universal), se usaba ampliamente en oriente.  (La serie continuará).