Los Primeros Cien Años del Cristianismo.

Al concluir los cien años del Cristianismo es necesario tener claridad sobre el término católico, que hoy forma parte de una de las ramas del Cristianisno, la Iglesia Católica Apostólica y Romana (ICAR), con alrededor de 1.200 millones de feligreses. La palabra católico/a, viene del Latín catholicus, que a su vez viene del Griego katholicos, que significa universal. Cuando se empezó a utilizar esta palabra, se utilizó en el concepto de que el evangelio era universal (katholicos), y por esa razón, la Iglesia Cristiana debía alcanzar a judíos y a no-judíos (gentiles). Para enfatizarlo de otra forma, la palabra katholicos se utilizó en el sentido de catolicidad (o universalidad) del evangelio encomendado a la Iglesia Cristiana.

Cuando Ignacio de Antioquía escribió (110 c.e.): “Allí donde está Cristo, está la Iglesia católica”, se estaba refiriendo a la Iglesia Cristiana, y no a la Iglesia Católica Apostólica y Romana (ICAR). La Iglesia Católica se organizaría como institución religiosa independiente casi 500 años más tarde (siglo VI). Los escritores católicos usan esta cita de Ignacio de Antioquía y la aplican a la Iglesia Católica (ICAR), lo cuál no es correcto. Ignacio escribió la palabra iglesia con mayúscula, pero la palabra católica, con minúscula, porque no se estaba refiriendo al nombre propio de una organización sino al significado general de la palabra..

Cuando Agustín de Hipona (388-420 e.c.), utilizó en sus escritos la palabra católica, no hizo referencia a la Iglesia Católica (ICAR), sino a la Iglesia Cristiana, pues al final del siglo IV todavía no existía la Iglesia Católica (ICAR), como organización religiosa. Un argumento aún más fuerte, es el hecho de que el Concilio de Nicea (325 e.c.), aprobó el concepto que la Iglesia es una, es santa, es católica y es apóstolica. Por el año 325 de la era común (e.c.), no se había organizado la Iglesia Católica (ICAR), ni el Obispo de Roma era Papa (pues tampoco había surgido el papado). El Concilio de Nicea fue citado, patrocinado, y financiado, por el Emperador Constantino y no por el obispo de Roma. A ese momento el término católico se aplicaba a la Iglesia Cristiana de Oriente y Occidente.

Aunque Constantino no se hizo bautizar sino hasta el momento de su muerte en el 337, conservó el título de Pontifex Maximus y sacerdote principal de la religión pagana que era la religión oficial del imperio hasta entonces. Su poder y autoridad se hizo sentir no solo en la dirección de los asuntos del imperio, sino también en el desarrollo y funcionamiento de la Iglesia Cristiana, que ahora se convertiría en centro de la unidad imperial, un instrumento preservador de la cultura romana y por lo tanto en iglesia del estado. El vacío de liderazgo en la conducción general de la Iglesia Cristiana, lo asumió Constantino, Emperador Romano, sin consultar con nadie, y sin pedirle autorización a nadie. El Concilio de Nicea le daría el espaldarazo al emperador, para seguir dirigiendo la Iglesia Cristiana. Fue una aparente “bendición” para el cristianismo, pero al mismo tiempo se convirtió en una verdadera maldición.

Constantino encontró que había discrepancias doctrinales en el cristianismo.  Una de ellas era sobre la naturaleza de Cristo. El arrianismo, (que debe su nombre y origen a Arrio o Arriano), presbítero de Alejandría, tenía su propio concepto en cuanto a la naturaleza de Jesucristo. Arrio afirmó que el Hijo era un ser divino, pero que no era parte de la divinidad, ni coeterno con Dios. Jesús era un ser creado, y no existía antes de que Dios lo creara. Ante estas discrepancias teológicas, Constantino tomó la iniciativa de poner orden en la Iglesia Cristiana. Citó y dirigió el primer concilio ecuménico de la iglesia en Nicea, ciudad del Asia Menor, en el cual participaron obispos cristianos de todo el imperio (la mayoría de ellos de Oriente). El Concilio definió y ratificó:

  1. La existencia de una iglesia única y universal (del latín catholicus, y del griego katholikós, que significa universal). 2. Elaboró el Credo de Nicea. 3. Ratificó la tesis de la Trinidad, condenando el arrianismo. 4. Dotó al emperador (no al obispo de Roma) de la facultad de convocar concilios ecuménicos, lo que le concedió un importante control sobre el cristianismo. 5. Determinó la prelación de los obispos, aceptando la primacía de tres de ellos: a).  El de Roma, que era Silvestre (y quien por su cercanía al emperador a su vez servía como consejero de Constantino), b) El de Alejandría, cuyo nombre era Alejandro, y c) El de Antioquía. Con el correr del tiempo los obispados de Antioquía y Alejandría fueron perdiendo influencia por problemas internos, lo que favoreció al obispado de Roma, que logró obtener la primacía, y luego la convirtió en supremacía. (continuará)

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