“Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta a sus polluelos debajo de sus alas, y no quisiste! Mat. 23:37.

Una de las preocupaciones en el cristianismo del siglo XXI, es la actitud de mirar de reojo al judaísmo, y sentirnos que somos mejores que ellos. Pero, ¿Realmente el cristianismo presenta al mundo un cuadro mejor que el judaísmo? Veamos: Al interior del judaísmo en tiempos del Nuevo Testamento (NT), se habían conformado varios grupos: 1. Los judíos de pensamiento liberal,  2. Los judíos de pensamiento ortodoxo, 3. Los judíos de pensamiento conservador, y 4. Los judíos de pensamiento radical. Ahora observemos la división del cristianismo: 1. Cristianismo ortodoxo oriental, 2. Cristianismo católico occidental, 3. Cristianismo de la reforma protestante luterana, 4. Cristianismo reformado de Calvino,  5. Cristianismo católico inglés que se rebeló y formó la Iglesia Anglicana, y 6. Cristianismo protestante radical.

Mientras que el judaísmo se dividió en cuatro líneas de pensamiento que representaban unos pocos millones de adeptos, el cristianismo está dividido en seis grupos que representan a más de dos mil millones de feligreses. ¿Es este cuadro mejor que el del judaísmo? ¿Es más fácil identificar hoy el pueblo o la iglesia que sigue más de cerca las instrucciones de Dios? Creo que la respuesta es obvia. Las miles de subdivisiones en el cristianismo afirman lo mismo: Ellos constituyen la iglesia verdadera, sus creencias y doctrinas son las legítimas, el día de adoración es el correcto, y su aceptación para vivir en el próximo reino de Dios está asegurada. Todas dicen que sirven al mismo Dios (Yaveh o Jehová), que su fundamento está en las Sagradas Escrituras, y que cumplen la misión encomendada por Dios.

Comparemos ahora el error del judaísmo, y el error del cristianismo: El judaísmo fue un pueblo escogido por Dios desde cero. No fue formado de una nación ya existente como Siria, Egipto o Babilonia. Las filosofías, creencias y religiones de estas naciones no eran apropiadas para organizar el pueblo de Dios. Por ello, Dios llamó a Abram de Ur de los Caldeos y le dijo: Vete de tu tierra y de tu parentela…y haré de ti una nación grande.” Gen. 12:1,2. El pueblo hebreo, conocido como los descendientes de Jacob (o descendientes de Israel), recibieron instrucciones específicas constituídas como un código de ética (o manual de conducta), que en ningún momento fue establecido como parámetro de salvación, para determinar quién se salva o quién se pierde. Su propósito fue definír: Cómo debía vivir el hijo de Dios en comunidad, para mantener la armonía, la paz, y la justicia divina.

Israel compredía su legitimidad como pueblo; fueron los receptores de las Sagradas Escrituras; construyeron el santuario de acuerdo a lo indicado por Dios; mantenían el sacerdocio Aarónico, y el ministerio levítico. ¿Cuál fue el error del judaismo? Se concentraron en las cosas de Dios, y desconocieron al Dios que había ordenado esas cosas. Cuando vino el Hijo de Dios, dice el evangelio, “A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron.” Juan 1:11. La obra del Hijo de Dios en tiempos del Nuevo Testamento intentó aclarar y corregir las malas prácticas y equivocaciones de Israel; sin embargo, hubo un impedimento grande: No qusieron! Por ello el lamento de Jesús al decir: “Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que son enviados! Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta a sus polluelos debajo de sus alas, y no qusiste! Mat. 23:37

Puesto que el pueblo de Israel no cumplió la misión original dada por Dios, Dios decidió reemplazarlo, y organizó la iglesia cristiana: “Por tanto os digo, que el reino de Dios será quitado de vosotros, y será dado a gente que produzca los frutos de de él.” Mat. 21:43. Y ¿Qué observamos en el cristianismo? El mismo error! El cristianismo se ha concentrado en “las cosas de Dios”, y ha olvidado la centralidad del Dios que ordenó tales cosas.

Si observa, los servicios de adoración, se reciben informes, promociones, y proyectos, que limitan el tiempo para exponer la Palabra de Dios. Al interior de la estructura denominacional, los dirigentes son elegidos para un tiempo determinado, y  quieren realizar sus sueños, proyectos, y visión de lo que ellos consideran que debe ser la iglesia. Así que conforman una agenda que al ser autorizada por el ente administrativo correspondiente, se convierte en la agenda eclesiástica, y se imparte al nivel subsiguiente. Pero en ese nivel subsiguiente, se encuentra otro dirigente que al igual que el dirigente del nivel superior, también tiene sus sueños, sus proyectos su visión de lo que debe ser la iglesia, y conforma su propia agenda, repitiendo la misma historia nivel tras nivel.

Por esta razón no se tiene una agenda eclesiástica única. Se tienen muchas agendas que ruedan al mismo tiempo, y que en algunos casos, el dirigente del nivel inferior tiene la cortesía de usar la terminología del dirigente del nivel superior, pero que en la realidad lo que vale, se impone y se promueve en su territorio es su propia agenda. A esto dedica su tiempo. Esto es lo que se promueve en las reuniones de capacitación. Para esta agenda se invierten los recursos necesarios. En otros casos, hay dirigentes que ni toman en cuenta la agenda eclesiástica del nivel superior, y van adelante desarrollando su propia agenda. ¿Y en todo esto, la agenda de Dios dónde queda? ¿Quién es responsable de la agenda de Dios? Porque, no es lo mismo desarrollar una agenda personal que Dios, o la Biblia, son solo referencias de soporte, que desarrollar la agenda de Dios que contiene los principios, valores, instrucciones, planes y metodología de Dios. Es decir, que incluye la “verdadera misión” del pueblo/iglesia de Dios.

Lamentablemente el judaísmo no detectó el problema,  y tampoco buscó la solución. Cuando vino el Hijo de Dios, Israel no quiso escucharlo. ¿Sabe qué sucede con el cristianismo? Una situación similar. La autosuficiencia del cristianismo en el período de Laodicea la lleva a afirmar:  “Soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad.” Apoc. 3:17. ¿Ha intentado en la vida espiritual ayudar a alguien que está completamente convencido que no tiene ninguna necesidad? Es prácticamente imposible! Por esta razón se observa la situación de indiferencia espiritual y religiosa en el período de Laodicea. Todas las iglesias son ricas y de ninguna cosa tienen necesidad. Desafortunadamente, la realidad es totalmente opuesta a lo que se piensa o se afirma. Los individuos o congregaciones atrapados por la contaminación laodicense, tampoco identifican el problema, y por lo tanto no buscan la solución. Laodicea no quiere…porque no sabe cuál es su verdadera condición. Sus dirigentes religiosos garantizan que están bien, cuando la realidad es que están mal. ¿Hay posibilidad de arreglar esta situación? Por supuesto! La fórmula se encuentra en Apoc. 3:18-22, y comienza con Dios!

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