Por Mario Niño, DMin.
Con la caída del Imperio Romano Occidental, a partir del 476 e.c. el obispo de Roma tomó fuerza como árbitro en las discrepancias civiles y religiosas, y continuó reclamando la primacía sobre las demás sedes, siendo la sede de Roma la más pequeña en cantidad de feligreses, comparadas con las sedes de Jerusalén, Antioquía de Siria, Alejandría y Bizancio todas estas en oriente. En ese momento, aún no se había establecido el papado, ni el cristianismo occidental se había convertido en la Iglesia Católica; era simplemente la iglesia cristiana de occidente. En cuanto a cómo llegó el obispo de Roma a ser reconocido como el ‘pater paternus’ (el padre de los padres, o Papa), fue este un proceso largo durante varios siglos.
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